El dolor de guata es bueno, en su justa medida. El problema es cuando se vuelve lo importante y un valor, eso es en parte lo que nos pasó. Cuando la centralidad de la ética de nuestro comportamiento se construye desde la amargura, no hay mucho que hacer. En qué momento pasó? Qué sentido le verán los cabros que se inscribieron en esa vertiente al hacer política? Si la política es un motivo para vivir amargado y no se construye un mundo nuevo en su mismo ejercicio, o bien, si ese mundo no es feliz, no vale la pena... mejor llegar rápido a la casa y seguir viendo tele.
En el último tiempo, la ética de nuestro comportamiento se ha vuelto amarga, es el dolor de guata el que se ha impuesto como sensación, como pulsión. Y queda claro que, además de que esto es totalmente triste y carente de sentido como eje normativo de nuestro quehacer, políticamente es improductivo, gana la angustia por sobre la iniciativa, el irse pa' la casa a sufrir por sobre conversar con los amigos, apagar el celular, evadir toda red que impliquen recordar lo que se quiere olvidar o hacer de redes que podrían ser políticas, su justo opuesto.
Como resulta obvio, cuando funcionamos así, no hay intervención, no somos actores porque nadie actúa. El dolor de guata y la amargura le ganan a la política, aunque sucede harto, es de lo más absurdo que me ha tocado ver, no puedo creer que esto es lo que hayamos construido como valor...
En cambio, en algún momento tuvimos un Mojo, eso que perdió House en un momento, su capacidad de anticipar escenarios a partir de la lectura pertinente de síntomas, lo que le entregaba en bandeja la definición de un quehacer... sea lo que sea que eso signifique, tuvimos algo, un brillo (precisamente era lo que más teníamos cuando decían que no lo teníamos...esa sí que era una respuesta cargada de pasivo-agresividad)... logramos transformar una amargura por lo que había en risa... bueno, una risa irónica, sarcástica y odiosa, pero risa al fin. Por sobre todo, lo que fuimos capaces de hacer es transformarlo en práctica y en disputa política, que nos permitía hacer del espacio en el que habitábamos en ese momento concreto, un todo coherente, un cuerpo orgánico dispuesto a reflexionar, a movilizarse, a criticarse a sí mismo y a cimentar un camino colectivo hacia la felicidad, la solidaridad, la fraternidad, etc.
A lo que voy: hicimos de nuestro centro, más que un dolor de guata, un picor de manos, eso era lo que normaba nuestro quehacer. Pasadas por salas, conversas en los pasillos, en msn, las 24 hrs. del día, con todo el mundo... éramos cabros chicos, pero nos picaban las manos: nos dolía la guata, pero hacíamos algo.
Eso no fue azar ni coincidencia ni nada de eso. Teníamos una convicción, y eso, traducido en brillo y capacidad, se colectivizaba más allá de nosotros mismos y se transformaba en iniciativa, pero más profundo, en significancia, en sentido y prácticas con sentido... Teníamos capacidad de significar. Significábamos harto y a harta gente, pero va ganando la guata este año, el dolor de guata. Si no hubiese perdido mi Mojo, la lectura pertinente capaz de ser traducida a prácticas, quizás podría volver a ganar el picor de manos.
miércoles, 1 de julio de 2009
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